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sábado, 9 de noviembre de 2013

Mucha suerte Laaraichi

-“Vaya, estamos de suerte, parece que el tercero no ha venido”- comenté sentándome en el asiento libre de ventanilla y dejando ,en el que previamente ocupé  en el centro, mi abrigo mientras con una sonrisa invito a mi desconocida compañera de viaje a hacer lo mismo.
Llevaba un rato observándola, con esa mala costumbre que tengo de fijar la mirada cuando algo me produce curiosidad. Pude reconocer en ella los tics comunes a los que se ponen nerviosos en un avión y que, en el pasado, tantas veces pude identifica en mí. Inmediatamente  sentí la extraña solidaridad que forja el tener o haber tenido un enemigo común.
Me sonrió y colocó su abrigo, evitando tocar el mío por si aquello pudiese molestarme. Saqué el libro y comencé  a leer, sin poder evitar mirar  de reojo  cada pocas líneas. Vi como seguía con la mirada a la azafata, como si quisiese preguntarle algo sin llegar a atreverse, me miró y la sonreí de nuevo.
-“No sé si  puedes ayudarme”- me comentó mostrándome su cinturón, demasiado corto,  con un acento que no pude definir y en un castellano, de construcción, perfecto.
-“Claro”- me acerqué para mostrarle cómo podía ampliarlo, ajustarlo, abrirlo o cerrarlo,  y me devolvió de nuevo una sonrisa.
Volví  a mi libro y ella a sus giros de cabeza sin orden definido,  que hacía materialmente imposible poder fijar la vista en nada.
“¿Hace frío en París?”- me preguntó cuándo el avión empezó a moverse. Entonces cerré el libro y me dispuse a distraer su atención durante el despegue que para mí, cuando sentía como ella, era lo más aterrador.
Durante ese tiempo descubrí que era de Larache y que llevaba 20 años viviendo en Madrid  trabajando como jefa de cocina, -“soy muy buena cocinera”- decía soltando una carcajada. Ahora que sus hijos eran mayores y ya no la necesitaban, había decido probar fortuna en París. Aquello era definitivo y pintaba muy bien, el restaurante que la entrevistaría había pagado su vuelo y si finalmente no la seleccionaban se quedaría  buscando otra cosa, era una oportunidad y no iba a desaprovecharla.
Cuando pasaron con la comida, ambas nos dispusimos a pedir la cena, era lo suficientemente tarde para tener dificultades a la hora de encontrar algo abierto al llegar. Sin embargo, cuando miró los precios decidió que mejor no cenaba. Pude percibir el motivo por el que finalmente decidió no ordenar nada.
“Hagamos una cosa, yo pago hoy la cena  y, cuando estés en París como jefa de cocina, lo saldarás con quien veas en la misma situación pagando vuestra”- eso fue lo que me quedé el resto de viaje pensando que debí decir, sin embargo callé. Callé por no sentir violencia, callé por evitar  que ella pudiese sentirse  ofendida, callé sin más, callé y permití que alguien no cenase por evitar una situación incómoda,  callé…callé y no pude parar de pensar  y reprocharme el resto del viaje haber callado.
Desde ese momento poco más hablamos, yo volví a mi libro con esa excesiva luz blanca casi de aparición mariana que enmarcaba mi asiento,  cavilando sobre lo ocurrido y volviendo una y otra vez al principio de una hoja  que mis pensamientos impedían  leer.
Cuando aterrizamos le mostré la cinta donde aparecería su maleta cargada de expectativas e ilusiones y me despedí deseándole, honestamente,  la mejor de las suertes.
No sé  su nombre y es casi seguro que no vuelva a saber de ella, sin embargo  siento un extraño deseo de que todo vaya como esperaba, que haya conseguido el trabajo y que disfrute de la oportunidad que le ofrece la vida.
No deja de sorprenderme el  impacto que algunas personas que solo rozan mi espacio durante un tiempo escaso tienen en mí. Dudo que siquiera imagine la admiración que sentí y la sensación de refrescante  renovación que me inyectó en apenas una hora de conversación.
Mucha suerte laaraichi!!!

martes, 1 de octubre de 2013

Superables

Hay miedos que creemos que nunca podremos superar. Que asustan de tal modo que nos paralizan, incluso físicamente, en aspectos más o menos importantes de la vida. Estos temores, no siempre racionales, pueden ser gestionados de un modo u otro en función del impacto que tengan en nuestro día a día.
Yo, que de estos he tenido unos cuantos y mantengo más de los que quisiera, la semana pasada haciendo análisis con el entusiasmo de haber conseguido lidiar por fin con uno de esos que daba por perdido, confirmando después de mucho trabajo que todos los pasitos que di daban sus frutos, puedo decir que he superado más de lo que hubiese imaginado, sirviendo esto para sentir que solo es el principio.
De todos los analizados me quedo con 3, que consideré de superación necesaria, porque afectaban de más en mis, podría decir,  momentos importantes de vida.
El primero fue el miedo a volar, paradójico en alguien que en su tierna infancia soñaba con ser azafata y cuyo mayor placer es viajar. Absolutamente orgánico: músculos tensos horas antes y durante el vuelo, palpitaciones, sensación de que en cualquier momento me iba a levantar y zarandear a la azafata para que me bajaran de allí a toda costa. Semejante derroche de adrenalina me mantenía despierta durante más de 24 horas, era agotador. Desde luego tenía que superarlo, siempre quise visitar Australia y no podía ni plantearme semejante periplo por tierra y mar. Así, como medida de choque, comencé a tomar vuelos sola, al principio a golpe de vinos, relajantes musculares, incluso alguna sustancia psicotrópica blandita de las que te dejan dormir plácidamente a costa de un despertar de hambre voraz.  Poco a poco los tiempos de tensión se fueron reduciendo, hasta que en aquel Air Nostrum de hélices  Barcelona-Hondarribia, viendo los Pirineos desde la ventanilla, tuve una revelación maravillosa: ¡estaba volando! Nunca antes fui consciente de aquello, estaba tan ocupada sintiendo miedo que no era capaz de ver lo increíble que era el hecho de poder volar. Desde entonces me encanta, adoro sentir cierto vértigo al principio, ver los perfiles  aprendidos a en los atlas y sentir ese arrogante desafío a la naturaleza…
El segundo fue el miedo a reconocer aprecios. Ser capaz de sentir honestamente, sin peros ni aunques, y de manifestarlo con libertad. Sin esperar respuesta, sin hacer dramas ni misterios, solo algo limpio, sentido, sencillo e incluso fresco. Esto me costó bastante, años,  pero cuando lo hice por primera vez, fue la experiencia más sencilla, bella y liberadora de mi vida.
El tercero el miedo a hablar en público. Portadora de todos los síntomas: voz quebrada, temblequera incluso de cabeza, pérdida de memoria, sudores fríos, nauseas, pérdida de apetito, insomnio…. En este caso el logro tuvo que pasar por subir repetidas veces (sudando la gota gorda) a bailar en escenarios, cursos intensivos de poco más de un día de teatro y presentaciones, forzarme a hablar en reuniones multitudinarias con ese hilo de voz vibrante, y finalmente ofrecerme voluntaria para impartir un curso de formación de más de 4 horas diarias en el trabajo, fue al finalizar este la semana pasada, cuando definitivamente me di cuenta de lo mucho que podía disfrutar con la experiencia y lo genial que resultaba sentir que se abrían nuevas posibilidades nunca antes valoradas.

Llegados a este punto, con la euforia propia de ir superando barreras, solo me planteo buscar aquel miedo que me meta el dedo en el ojo del modo mas molesto, porque ahora solo siento que sea lo que sea, mientras solo dependa de mi, lo puedo superar.

domingo, 21 de abril de 2013

...,y quién lo sabe?

-Qué es esto?
-A qué te refieres?
-Qué hace que estés aquí?
-Supongo que la certeza de que buscamos lo mismo y que yo soy la persona con quien quieres vivirlo, de momento eso es lo único que puede sostener esto.
-Pero...y cuando me vaya? ya nada justifica que me quede, aparte de algo que empieza de un modo extraño.
-Entonces, poco queda por decir...
-Supongo... porque... qué futuro podríamos esperar?
-No se me da bien pensar en futuro, es algo que me cuesta, se me difumina...
-Qué quieres decir?
-No lo se, en ocasiones, cargando mi vida de cierto drama, y abriendo una brecha al determinismo por destino, he llegado a pensar que igual es porque no tendré futuro, luego lo desecho pues debería replantearme demasiadas cosas sobre la existencia y aparte de pereza me da susto. Además, hace tiempo decidí que no me pega nada el drama.
-Entonces?
-Entonces qué?
-No lo se
-Ya-suspiro- yo tampoco

miércoles, 20 de marzo de 2013

Pues eso, a por ello

A mis 38, si si, ya 38, me quedo con cagona y coñazo , seguramente lo uno motivado por lo otro a modo de bucle.
Bien pues, freno desde hoy a cagona y aunque me aterre, tiro hacia delante a ver donde lleva. Confío en acabar rematando a coñazo rompiendo este absurdo ciclo.
Felicidades to me y to my recién estrenada osadía.

sábado, 9 de marzo de 2013

Re-presentaciones

Esta semana he hecho un curso muy interesante durante un par de días, era un curso de presentaciones de alto impacto.
Es fascinante lo que se puede sufrir, aun con caras amables, en los previos de las intervenciones en público. Yo, que en el tête à tête o con amigos de confianza soy tirando a teatrera y charlatana, sufro todos los síntomas físicos y no tan físicos cuando tengo que enfrentarse a esto : desde el 'joder qué marrón' como primer pensamiento, al temblor de  voz y manos, sudores y desarrollo sensorial al punto de poder oír como mi sangre se dispara hacia las extremidades inferiores con el fin de hacerlas correr, y superiores por si alguien trata de evitarlo.
El curso ha sido fantástico y seguro me dará para alguno mas de estos, pero hoy voy a quedarme con una idea: transmitir por emoción. En todos los cursos y cursillines sobre comunicación se trata la importancia de la comunicación no verbal como primordial herramienta para provocar emociones, de modo que el mensaje en sí queda relegado a un tercer lugar tras la voz y especialmente la expresión corporal. Si al transmitir el mensaje no logramos un impacto, una emoción, no conseguiremos que nuestro discurso trascienda.
Para tratar otro tema distinto, el formador, muy bueno, nos proyectó un vídeo con el trailer de 'El discurso del rey' (gran película, mi consejo: siempre versión original, pero en este caso aun mas, aunque os toque al lado un actor maleducado repitiendo todas las frases  como si estuviese en clase de conversación, pero eso ya lo contaré otro día). Como decía, con el vídeo tenía intención de demostrar la importancia de comunicar y la posibilidad de superar los límites del tipo que sean, para lograr tener éxito en una presentación.
Sin embargo, lo que mas me impresiona a mi de esta película es cuando, al final,al enfrentase al micrófono y comenzar a articular las palabras que tanto le costaban con bastante fluidez, emocionando, consiguiendo incluso lágrimas por el gran esfuerzo realizado
, lo terrible del mensaje transmitido queda en un segundo plano.
Todo el mundo recuerda con emoción, incluso alegría, la gran interpretación del rey, pero pocos recuerdan el dramático discurso: se estaba comunicando la entrada del Reino Unido en las segunda guerra mundial, paradójico, verdad? Nadie sale del cine con la sensación de tristeza o desasosiego que el mensaje requeriría. 
Así pues, esto al final es como el mus o el poker, aun no teniendo la mejor de las jugadas, el triunfo depende del jugador, no del azar o de las cartas, me encanta esto.
Nuestro mensaje, producto, idea o proyecto puede no ser el mejor, pero si conseguimos emocionar, si tocamos tripas, sin duda lo será...mmmm....ahora solo tengo que superar el terror del principio, otro micropropósito para este año.